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Introducción
Las quinolonas integran
una familia de antibióticos conocida desde la década
del 60, a partir de la investigación de antimaláricos.
La primer quinolona usada en clínica fue el ácido
nalidíxico, introducido en 1962. Junto con el ácido
pipemídico, obtenido en 1973, integran la primera generación
de quinolonas. El segundo tiene un espectro de acción
más amplio y mejores propiedades farmacocinéticas.
Ambos fueron considerados antisépticos urinarios.
Desde entonces se han sintetizado e investigado gran número
de quinolonas, buscando incrementar su actividad y espectro de
acción y reducir sus efectos adversos.
Las quinolonas de segunda generación son derivados fluorados
o fluoroquinolonas (FQ). Existe una tercera generación
integrada por derivados bi y trifluorados y actualmente están
en desarrollo las de cuarta generación.
La primer FQ en aparecer fue norfloxacina (1978), lo que significó
un importante adelanto por su mayor potencia y espectro antibacteriano.
Con posterioridad surgieron: ciprofloxacina (1987), ofloxacina
(1991), enoxacina, lomefloxacina y temafloxacina (1992), levofloxacina
y sparfloxacina (1997), trovafloxacina y grepafloxacina (1998),
gatifloxacina y moxifloxacina (1999). Gemifloxacina está
en investigación. Algunas de ellas fueron retiradas del
mercado, después de aprobada su comercialización
o se ha restringido su uso, por sus efectos tóxicos (sparfloxacina,
trovafloxacina, grepafloxacina).
Aunque las primeras quinolonas tenían actividad sólo
contra bacterias aerobias gramnegativas y eran eficaces para
tratar infecciones gastrointestinales y urinarias, las nuevas
quinolonas se han convertido en un armamento muy importante contra
mayor número de infecciones. Ello deriva del mayor espectro
de actividad, su buena biodisponibilidad y penetración
tisular.
Como consecuencia de su uso extensivo en los últimos años,
se ha observado un incremento progresivo de cepas resistentes. |