|
|
|
| Paciente de 38 años, sexo masculino, repostero, uruguayo, vivió en Porto Alegre durante 2 años. |
| Asma desde la niñez. Serología positiva para VIH recientemente informada al paciente. |
| Nada a destacar. |
| Cuadro febril prolongado. |
| Comenzó 3 meses antes del ingreso al Servicio de Enfermedades Infectocontagiosas (SEIC) con fiebre de hasta 39º C y cefaleas. Posteriormente astenia, anorexia y adelgazamiento progresivos. Negó alteraciones del tránsito digestivo, síntomas respiratorios y urinarios. En los últimos 10 días dolor de hipocondrio derecho y orinas oscuras. En una ecografía abdominal realizada en el Hospital Maciel se informó: adenomegalias retroperitoneales, preaórticas e inter-aortomesentéricas. |
|
Vigil, apirético, palidez cutánea, no se palpaban adenomegalias, dolor espontáneo y a la palpación de hipocondrio derecho el que parecía estar ocupado. Murmullo alvéolo-vesicular disminuido en las bases. Cardiovascular normal. No rigidez de nuca. Desorientado en tiempo, signo de Toulouse positivo, hiperreflexia generalizada. Los diagnósticos sospechados fueron:
Con esta orientación se pidieron los exámenes paraclínicos. |
|
Radiografía de tórax realizada
durante la primera internación |
|
Continuó con fiebre de hasta 40º C, diarreas esporádicas, mialgias y artralgias Frente a un cuadro febril prolongado con compromiso pleuroparenquimatoso,
adenomegalias abdominales, hepatoesplenomegalia y observación
de granulomas en pleura y médula ósea, la sospecha
de tuberculosis diseminada fue mayor. Si bien los granulomas
descritos carecían de las características habituales
de los granulomas tuberculosos observados en la población
general, se sabe que en los enfermos severamente inmunodeprimidos
por el VIH los granulomas suelen estar no bien constituidos y
el caseum puede estar ausente. Otras enfermedades también
pueden ocasionar granulomas (micobacteriosis no tuberculosa,
micosis, enfermedades no infecciosas), pero estas últimas
son menos frecuentes que la tuberculosis en esta población
de enfermos. El examen microbiológico directo fue negativo,
no lográndose diagnóstico etiológico de
la enfermedad. El nivel de linfocitos CD4 alejaba la posibilidad
de micobacteriosis atípica sistémica ya que el
infectado VIH está en riesgo de padecerla cuando tiene
menos de 50 a 100 elementos/mm3.
Cuarenta días después reingresó por un cuadro de 7 días de evolución caracterizado por diarreas líquidas sin sangre ni mucus, vómitos, dolor retroesternal y cólicos abdominales, a lo que luego se agregó fiebre, tos seca, cefaleas, anorexia, adinamia y pérdida de peso. Al examen estaba deshidratado con muguet oral, adenomegalias axilares, sindrome en menos en base de hemitórax derecho, hepatoesplenomegalia y matidez de flancos desplazable. De la paraclínica se destacó:
Evolución: Luego de los 2 meses de tratamiento antituberculoso con 4 drogas se pasó al plan bisemanal con 2 drogas. Como el enfermo continuaba empeorando y ante la eventualidad de una micosis sistémica se resolvió agregar anfotericina B, obteniéndose mejoría. A las 2 semanas de tratamiento la intoleracia a esta droga condujo a su suspensión. Tres días después, al querer recomenzarla, el enfermo abandonó el hospital por su voluntad.
Reingresó 4 meses después por diarreas y fiebre de 15 días de evolución. En el examen físico se destacó: mal estado general, adelgazamiento, palidez cutáneo-mucosa, deshidratación, matidez en ambas bases pulmonares y estertores subcrepitantes por encima, hepatomegalia muy dolorosa a 8 cm del reborde, ascitis. De la paraclínica se destacó:
Se hizo tratamiento de mantenimiento y sintomático. El paciente empeoró progresivamente y falleció 1 mes después. |
|
Este caso es un ejemplo de las frecuentes historias clínicas de enfermos infectados por VIH que consultan por cuadros febriles prolongados y son estudiados en el SEIC. El propósito es mostrar lo difícil que resulta, en muchas oportunidades, conocer la etiología de las enfermedades oportunistas que complican a estos enfermos y la necesidad de recurrir a estudios invasivos, así como de emprender tratamientos empíricos cuando se agotan las posibilidades diagnósticas y la enfermedad continúa avanzando. La fiebre es el síntoma más frecuente por el que consultan los infectados por el VIH, siendo muchas veces ocasionada por procesos infecciosos tratables. La mitad de los cuadros febriles prolongados de difícil diagnóstico (FDD) en pacientes severamente inmunodeprimidos por el VIH, se deben a tuberculosis. Por eso, cuando todos los examenes realizados para encontrar la etiología de la fiebre prolongada son negativos, se descartó toda otra causa de fiebre y persiste la sospecha de tuberculosis, se está de acuerdo en iniciar un tratamiento empírico antituberculoso. Aunque en este enfermo no hubo confirmación de tuberculosis activa, había una conjunción de elementos que la hacían sospechar: se trataba de un paciente severamente inmunodeprimido por el VIH y que presentaba un cuadro febril prolongado, con repercusión general, enfermedad respiratoria, hepatoespleno y adenomegalias y granulomas en el estudio anatomopatológico. Por eso luego de agotadas las posibilidades diagnósticas se decidió iniciar el tratamiento antituberculoso en forma empírica. Si bien se obtuvo una mejoría transitoria con el cuádruple plan normatizado por la CHLA, el paciente posteriormente empeoró. Considerando que un cuadro similar puede ser ocasionado (aunque con menos frecuencia) por una micosis profunda sistémica, se agregó anfotericina B con lo que se observó franca mejoría, pero el enfermo abandonó el hospital sin completar el tratamiento. Finalmente y luego de su fallecimiento se tuvo el diagnóstico de candidiasis sistémica, el que se hizo por el estudio anátomo patológico de un fragmento de hígado obtenido por punción biópsica, donde se observaron formas filamentosas de microorganismos del género Cándida. Treinta a 50% de personas normales albergan Cándida
spp. en su boca, piel, tracto gastrointestinal y/o vagina.
Este aislamiento es mucho mayor en una población enferma.
La inmunidad celular es importante para controlar el crecimiento
de especies de Candida en las superficies mucosas, lo
que explica que en infectados por el VIH sea muy frecuente observar
candidiasis orofaríngea y genital y con relativa frecuencia
se diagnostique candidiasis esofágica, pero no candidiasis
sistémica. En personas con SIDA se han documentado algunas
formas localizadas de candidiasis profunda (como meningitis y
endoftalmitis) siendo muy raras las formas diseminadas. En los
pocos pacientes en quienes se diagnosticó candidiasis
diseminada se consideró que el factor predisponente había
sido la prolongada cateterización vascular. El caso descrito es el único infectado por VIH, conocido en nuesto medio, a quien se le diagnosticó candidiasis sistémica. |
|
|